Her: nuestra relación con la tecnología
- Agustín Nicolás Rolo
- 4 jun
- 7 min de lectura
Siglo XXI, clases virtuales, un mundo cada vez más absorto en la tecnología desde los 00 ’s, miles de redes sociales, pantallas por doquier, wifi, redes de datos, rutinas basadas en estar sentades en un escritorio, videollamadas, mensajes, whatsapp. Conectividad full time. Y un montón de cosas más que seguramente me estoy olvidando de nombrar. Nos han acostumbrado a todas estas herramientas tan útiles y tan viciosas también, que no nos han enseñado a utilizarlas de formas conscientes o al menos, moderadas. Y mucho menos nos han explicado qué tan soles podemos sentirnos a pesar de estar conectades todo el tiempo con toda la gente que podríamos querer llegar a estarlo.
Mi presentación es siempre la misma en todos los ámbitos artísticos en los que voy a exponer un algo de todo lo poquito que hago: me llamo Agustín Nicolás, tengo 24 años y convivo con un fuerte trastorno de depresión que comenzó hace ya una década. ¿Y por qué digo esto? Porque de ahí también, vienen todos mis gustos, tópicos e incluso a veces, inspiraciones.
Nunca me he sentido demasiado cómodo en la multitud, casi siempre prefiero el encierro y también, por demasía, el anonimato (tan contradictorio cuando querés que tu “arte” sea conocido en el mundo actual ¿verdad?), y siempre mis dilemas han rondado más o menos por lo mismo: el existencialismo, el fin de las cosas, qué hacemos acá y por qué actuamos como actuamos, de dónde vienen ciertos comportamientos, si es lo que quiero o lo que deseo o algo impuesto. Pero más aún en qué pasa con nuestra soledad y con la construcción de nosotres mismes en un mundo tan acelerado, tan sumergido en el capitalismo y en la tecnología.
En un contexto que nos atraviesa a todes por igual, las preguntas que me hago ahora no son muy diferentes a las que me he hecho a lo largo de los (pocos) años de vida que tengo. Nos han tratado de inculcar desde siempre que deberíamos ser autosuficientes, que deberíamos ser independientes, que deberíamos arreglar nuestros problemas por nosotres mismes, que el apego está mal (aunque claro, cuando afecta en exceso a une, no sé si está mal como mal, pero sí es bastante dañino), que para qué contar con une otre que nos puede llegar a fallar. Y también, al mismo tiempo, nos han impregnado de la idea de la media naranja, pero bueno, eso ya es pa’ otro rosqueo.
A pesar de saber que no es así y de que hay gente en el mundo que no comparta esto también, gran parte de la sociedad es y nos vuelve bastante individualistas. A mí, personalmente, no dejan de sorprenderme dos cosas: la soledad que puede llegar a sentir une a pesar de que en un mensaje pueda estar hablando con sus mejores amigues, y contradictoriamente al mismo tiempo, lo acompañade que podes llegar a estar con tan solo escuchar una voz al otro lado del teléfono diciéndote que las cosas, quizás no van a estar del todo bien, pero por lo menos tenes a alguien con quien charlar.
Her (2013), es una película del, en mi opinión, grandísimo Spike Jonze en la que se tocan algunos de estos temas: cómo interpela la tecnología en una sociedad moderna donde los dispositivos móviles no son una herramienta sino un objeto imprescindible para el desarrollo de tareas diarias, la (des)conectividad de y entre las personas, la trascendencia del amor y el enamoramiento, la dependencia emocional y el apego, incluso habla sobre las limitaciones del cuerpo físico. Pero sobre todo, de la soledad, haciendo muchísimo enfoque en esta, obviamente.
En los primeros planos nos presenta a Theodore. Nuestro primer acercamiento al protagonista ya nos muestra mucho en imágenes, solo con unas tomas cuya paleta de colores rojos y rosados me parece maravillosa: en primer plano un hombre adulto, muy sensible al parecer, nostálgico, melancólico, que trabaja escribiendo cartas de amor en una empresa que vende precisamente, cartas hechas a mano a terceres. Se lo ve que es un trabajador responsable, con buen trato hacia sus compañeres, aunque siempre solitario. De hecho, en muchos de los planos donde se observa al personaje principal se lo ve siempre aislado de alguna manera: porque se encuentra solo en el espacio, porque camina en dirección contraria al resto de la gente o también porque va sumergido en sus auriculares, su música y sus noticias. Al mismo tiempo nos muestra también en estas diferentes escenas, la interacción de las personas con la tecnología y cómo son de imprescindibles los dispositivos móviles con asistentes por voz.

Una de las cosas más fantásticas de la película es cómo la paleta de colores no solo es complementaria al montaje para diferenciar momentos en la vida de Theodore, sino también para acompañar los sentimientos que tiene en distintas escenas, como cuando se lo ve triste y nostálgico, tirado en la cama a oscuras y con tonos muy fríos, mientras recuerda momentos vividos con Catherine, su ex-esposa, donde todo se ve tan cálido y alegre.
Pero lo realmente interesante empieza cuando caminando un día, decide comprar un nuevo sistema operativo llamado OS1, que se basa en una inteligencia artificial programada para asistir al usuario en la cotidianidad con lo que necesite. La sorpresa radica en que esta inteligencia artificial tiene tal nivel de desarrollo psicológico que le permite expandirse en conocimientos con cada nueva experiencia. Es decir, evoluciona a cada momento con cualquier cosa como si fuera una persona consciente y además, posee cierta autonomía, la cual veremos en la primera escena donde aparece cuando se introduce ella misma como Samantha. Con ella, Theo empezará a tener cierta cercanía y complicidad, hasta enamorarse.

Entonces, hasta donde sabemos, Theodore es un hombre bastante solitario y melancólico, cuya ex aún no puede superar del todo, que difícilmente puede manejar sus emociones y que comenzará una relación con una inteligencia artificial. Hasta acá la película te da a pensar: ¿en qué momento empezamos a enamorarnos? ¿cuándo superas a una persona y caes por otra? ¿es posible realmente enamorarse de alguien que no está físicamente cerca? ¿mantener una relación de esa manera? ¿con qué rapidez podemos aferrarnos a alguien o algo que nos hace sentir tan cómodes con nosotres?
Nos muestra a dos personajes evolucionando constantemente en cada escena: a una Samantha cada vez más curiosa y excitada de vivir y aprender y a un Thedore cada vez más enamorado, alegre y tratando de empezar a hacerse cargo de sus sentimientos. Su relación va trascendiendo etapas, salen con amigues, tienen sexo, comparten salidas y charlas íntimas. Pero también se ve la contraparte de todo enamoramiento: la dependencia excesiva emocional (que acá también hace crítica a la dependencia que tenemos para con la tecnología), la constante proyección de expectativas enormes que le ponemos y con la que cargamos a nuestra pareja, el choque que genera con la realidad y de trasfondo, el peligro de crear e interactuar con inteligencias artificiales que pueden llegar a ser superiores a los humanos, en todos los sentidos. Digo… Un poco de miedo puede llegar a causar si pensamos, por ejemplo, que fue todo parte de un experimento para ver cómo reaccionan los humanos con las IA o qué tan lejos llegan…
Lo que no deja de sorprenderme acá es cómo nos introducen a Samantha: Theodore simplemente compra un nuevo programa de computadora y de repente se convierte en una asistente, de voz femenina dulce, amable y sociable, se vuelve la segunda protagonista de nuestra historia de forma completamente natural; sin generar expectativa alguna en el espectador que, si hubiera sabido antes que se trataba de una máquina o un algo con consciencia, podría haber esperado un androide, o un robot, o cualquier otra cosa… Acá simplemente aparece sin preámbulos, no da tiempo a generar muchas idealizaciones y tampoco a decepcionarse si no es lo que esperamos.
¡¡Y todo a través de solo diálogos!!
Al comenzar a estudiar en la facultad una de las primeras cosas que decían muches profesores era sobre lo mala que en teoría es, una película si en ella hay demasiados diálogos o demasiadas conversaciones que expliquen cosas que podrían mostrarse en acciones. Pues, el cine, como han visto, son sonidos e imágenes. Un personaje no debería decir “estoy triste” sino simplemente, no sé, mostrarse cabizbajo o con una mirada un tanto perdida, con una paleta de colores fríos que acompañen el sentir… ¿No?

Pero después nos encontramos con películas como Her (2013), Eternal Sunshine of a Spotless Mind (2003), I’m Thinking of Ending Things (2020) y me nace la pregunta ¿realmente tanto diálogo significa que una película sea mala? ¿solo por no cumplir con las propiedades del cine clásico? ¿solo porque habla en vez de mostrar? Bullshit, es lo que pienso yo. En estas películas, considero, están tan interconectados estos elementos que cada uno se enriquece entre sí y a los otros: la imagen, la estética, el exceso de conversaciones o información “hablada”, el sonido, los silencios, los diferentes valores de plano.
Empecé hablando de la película de Spike Jonze, pero no puedo evitar nombrar también a Michel Gondry o Chaurlie Kaufman, dado que los tres han trabajado y colaborado entre sus obras, y varias películas comparten ciertos parámetros. Historias conmovedoras, a veces increíblemente disparatadas, pero todas con alguna tonalidad filosófica o existencialista. Puedo llegar a asegurar que de ellas salís pensando sí o sí.
En estas películas hay un exceso de cantidad de diálogo y sin embargo no dejan de ser obras de arte, joyas magníficas del mundo audiovisual que al verlas tocan temas tan humanos y profundos del ser que es imposible no sentirse interpelade, no salir sintiendo algo al respecto. Y si hay algo que me vuela por completo la cabeza, son las conversaciones que tienen los personajes de estas películas, tanto soles como con otres. A mí parecer, la prueba viviente de que a veces tanto diálogo, no está mal, dado que estos directores tienen la capacidad impresionante (a la que aspiro algún día) de elegir perfectamente las imágenes y sonidos con los que acompañar esas largas charlas que dejan tanto, tanto que pensar.
He de decir que quizás no sean las mejores opciones para ver un domingo a la noche. Me han dejado varias veces con un gustito amargo en la boca, con una nostalgia como si estuviese extrañando algo que no puedo reemplazar o como si tuviera una especie de vacío. Muches dirán “¿cuál es el punto de ver una película si te va a dejar así?”. Para mí el punto de las películas, es que te toquen exactamente así: hasta el fondo.

“El corazón no es una caja que puede llenarse… Se agranda cuanto más quieras o ames”.
Les invito a escuchar un podcast que produje y realicé durante el 2021 bajo el marco de la materia de Realización Audiovisual III del IUPA.


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